Entrevistamos a José Vaccaro Ruiz, autor de “Aquello que Dios no unió”

José Vaccaro Ruíz nació en Barcelona y es abogado, arquitecto y escritor. Fue galardonado con el Premio Isla de las Letras 2010 por su primera novela, Ángeles Negros, protagonizada por el desencantado investigador privado Juan Jover. Tras esta primera obra publicó La Vía Láctea, La Granja, Catalonia Paradís, Tablas, El Invitado de Nunca Jamás (todas con Juan Jover) y No dar papaya. Conjura Gaudí, publicada a finales de 2016, alerta sobre un posible atentado contra la Sagrada Familia de Barcelona. Relatos de 4 filos (2017), su primer libro de relatos, es una antología de veintisiete historias negras que abarcan una amplia variedad de temas.
Con ¿Dónde estás corazón? retoma la serie de Juan Jover. En 2019, publica El Negro, el Nano, la Muerte, una novela sin Juan Jover, con tres hilos narrativos, a cuál más interesante. El retorno (2021) (también sin Juan Jover) con dos tramas temporales, plantea el espeluznante tema del robo de bebés y niños durante el franquismo. En 2023 publica Hoy, cuando todo es invierno, un libro de poemas que responden a las experiencias ocurridas a lo largo de su vida. En 2024 publica con Octubre Negro Ediciones, Pigmalión 2.0, octava novela de la serie de Juan Jover y en abril de 2026, Aquello que Dios no unió, también con Octubre Negro Ediciones. Además, forma parte del colectivo de escritores “Lee o muere”, es comisario del Festival Literario de Novela Subur Negre Sitges y ha participado con relatos cortos en varias antologías de relatos de género negro.

Aquello que Dios no unió, nos lleva a los años cincuenta (concretamente a 1954). La historia está narrada en primera persona por un niño de diez años (tú mismo), que pasa los meses de verano en un pueblo de la Ribera Navarra. ¿Por qué nos cuentas una historia desde el punto de vista del niño que fuiste? ¿Cuánto hay de realidad y cuánto de ficción?
La infancia, su manera de ver y vivir el mundo es muy distinta de la de los adultos. Su mirada es inocente, carente de la experiencia de quien ha vivido y sufrido en sus carnes, por activa y por pasiva, siete pecados capitales, desde la avaricia a la lujuria, la gula o la envidia. La infancia, sino inocente, sí que es virgen y crédula, carente de los desengaños y las experiencias negativas de los mayores.
En toda novela hay experiencias del autor, y Aquello que Dios no unió no es una excepción.
Un niño de ciudad, que estudia en un colegio religioso donde ponían a los alumnos “la cabeza como un bombo”. Es catalán y pasa el verano en un pequeño pueblo lejos de Cataluña. ¿Cómo viviste esos veranos lejos de casa, en particular el de tus diez años? ¿Te sentías desplazado o integrado en la comunidad? ¿Cómo llevabas que te llamaran el “catalán fotut”?

Como una experiencia nueva, alejada de mi madre y mi hermano, los protagonistas hasta entonces de mi entorno y relación. La infancia tiene una gran facilidad para incorporar en su mente y sus vivencias lo nuevo, lo distinto, porque su mente es una esponja que absorbe e integra cuanto le rodea. Nuevas caras, nuevo entorno, nuevas relaciones que se absorben como una esponja el agua.
Aunque siempre has vivido en la ciudad, conoces el entorno rural ¿Qué diferencias destacarías entre el mundo rural y el urbano en los años cincuenta del pasado siglo?
El entorno rural es, y era particularmente entonces, mucho más limitado que el de una gran ciudad como es Barcelona. En un pueblo de unos pocos miles de habitantes todos se conocen, saben sus historias, su pasado, sus simpatías y antipatías. Pensemos que estaba reciente la guerra civil, los dos bandos que separaron a los españoles. Se sabía quién había sido rojo y quién franquista. Y lo que es peor: quien ganó la guerra y quien la perdió.

La novela es un vivo y muy ameno retrato de esa España, todavía tan cercana a la Guerra Civil, con su reguero de envidias, odio, enemistades y deseos de venganza entre vecinos. A través de los ojos de Joselico, el protagonista, lo explicas muy bien, pero. ¿Es consciente un niño de diez años de lo que ocurre a su alrededor?
Claramente sí, es consciente, porque las heridas siguen vivas. Los muertos, en la trinchera o fuera de la trinchera, La vergüenza de ser un perdedor o un ganador en el ámbito de una dictadura cerrada, con una iglesia que distinguía los buenos (los franquistas), de los malos (los perdedores). Con una censura absoluta. En definitiva, una sociedad partida por la mitad sin posibilidad de reconciliación porque las heridas eran muy profundas.
En la novela, el narrador, el José Vaccaro adulto que, obviamente, lo sabe todo, recuerda algunos momentos en que el niño Joselico se siente feliz. Como ejemplo, cuando iba de caza con Germán. ¿Es añoranza de la niñez, esos años en los que te dejas guiar por los adultos? ¿La felicidad, existe? ¿Echas de menos ese pasado de veraneo en Arbotes?
En esos momentos, inolvidables, la felicidad existía. En Germán encontré un amigo, un buen hombre que abría a mis ojos la naturaleza, la siega, la vendimia, la caza, las puestas de sol. De noche identificar en su compañía un cielo plagado de las estrellas (que en la ciudad quedaban apagadas), el carro, la Vía Láctea, un mundo nuevo y desconocido situado a miles de años en medio de unas noches cerradas de luz terrestre. La Luna y sus fases, hasta el planeta Venus en la madrugada.

Nos llevas a la primera mitad de los años cincuenta y nos sumerges en la vida de un pueblo que no alcanza los 2.000 habitantes. Todos se conocen, coexisten las rencillas centenarias con otras más recientes… A los adultos, a partir de los treinta, se les conoce por tío Tal, tía Cual y todos, sin excepción, cargan con un mote, “la Mediapatata”, “la Monja”, “la Borrachuza” … ¿Eso era lo normal? ¿Cómo lo llevaban los implicados, o no lo sabían?
Esos sobrenombres eran mucho más que un apelativo. Escondían una historia de generaciones de vida, de experiencias y sucesos que quedaron para siempre incursas, vivas, en el recuerdo y el presente. Una seña de identidad que acompañaba las vidas de los arboteros desde la cuna hasta la muerte. Es más, en muchas ocasiones, con alguna gente que no sabía leer, la referencia personal se situaba en los motes, no en los apellidos.
En la novela se tocan muchos temas. Hablemos, en primer lugar, de la supuesta inocencia y bondad innata de los niños. ¿Qué opinas de esto? ¿Cómo se divertían los niños de Arbotes?
Era una cultura y un entorno absolutamente distintos de lo urbano, de la ciudad. Entonces no había móviles ni ordenadores. Los juegos eran las “tabas” como dados, las cartas con el Remigio, la Mona o el siete y medio. Los tiradores de piedras estaban construidos con la Y de una rama. Y sobre todo la radio, los discos solicitados, los seriales basados en novelas recitadas para gentes que, en muchos casos, no sabían leer.

Otro tema: la situación de la mujer durante el franquismo (que duró hasta bien entrada la Transición a finales de los años setenta). Los consultorios femeninos de mañana y de tarde: Montserrat Fortuny y Elena Francis. ¿Cuál te parece que era su principal objetivo?
La mujer era el sustrato social más desprotegido por la ley, y más bajo el dominio del hombre. No podían ni siquiera abrir una cuenta en el banco si su padre o marido no se lo autorizaban. En la iglesia se sentaban aparte de los hombres, en la zona de atrás…, pero, aun así, y en el fondo, eran la base de la sociedad, al llenar con su ingenio y su voluntad aquello que las leyes les prohibían o limitaban.
Tema: las variantes idiomáticas en peligro de extinción. En Arbotes, en 1954, muetes y muetas (niños y niñas), tocua (caramba), lechefí (barra de Frigo). Sesenta años más tarde, ya nadie se acuerda. ¿Es una desgracia que desaparezcan estas expresiones de nuestro vocabulario?
Por supuesto que lo es, porque eran palabras y referentes muy vivos de la época. El idioma se nutre de la vida, y aquellos nombres eran la vida. Con su pérdida no se pierden las palabras sino lo que hay dentro de ellas. Una memoria que hoy ya no existe y que yo, en mi novela, he querido recuperar y explicar como reflexión de cada tiempo y lugar.
¿Qué opinaban los arboteros del catalán? ¿Les molestaba o tenían curiosidad por aprender palabras de ese idioma, para ellos desconocido?
Para los arboteros los catalanes formaban parte de lo desconocido, con todos los aditamentos que comporta lo desconocido. Pero la distinción más importante en la sociedad de entonces hay que señalarla entre el mundo rural y el urbano, ahí estaba la diferencia, la quiebra. Y si encima los catalanes hablaban un idioma distinto, ya ni te digo…

Tema: El cine y la censura franquista, que es capaz de convertir a los amantes o esposos en hermanos (caso Mogambo, película con Clark Gable, Ava Gardner y Grace Kelly).
Es el ejemplo de una sociedad pacata alejada de lo natural. Un mundo en donde la relación entre un hombre y una mujer solo se justificaba y admitía con carácter permanente (hasta que la muerte os separe, decía el cura al casarlos).
Sobre la educación sexual ¿Qué opinión te merece la información que recibían los niños y niñas de la época? ¿Quiénes eran los encargados de impartirla y cuál era el resultado?
Ninguna información, los niños los traía la cigüeña de París, y punto pelota. La sexualidad se situaba al margen del placer. Era algo pernicioso (la lujuria formaba parte de los pecados capitales, el sexo era un medio para la procreación
La muerte de un familiar allegado, no solamente llevaba aparejada la pena por la pérdida de un ser querido. El duelo, obligatorio, también dictaba sus normas para la vida cotidiana de los familiares supervivientes. ¿Qué puedes contarnos sobre este tema?
El luto comportaba que, durante mucho tiempo, un año habitualmente, cualquier fiesta o manifestación lúdica estaba prohibida. Un tiempo que, particularmente para la mujer, la señalaba de forma negativa. Aún recuerdo el brazalete negro que mi hermano y yo tuvimos que llevar cuando mi padre murió.

Durante el franquismo, y especialmente en las primeras décadas, la Iglesia Católica incrementó su poder mediante el control de la educación y, por añadidura, de la moral pública. ¿Cómo reaccionaban los “pastores” de la Iglesia ante el suicidio, por ejemplo?
El suicida estaba condenado al infierno por toda l eternidad. Una pena que la iglesia justificaba porque el suicida, con su acto, había tentado a la obra de Dios. Los suicidas no podían enterrarse en los cementerios religiosos, había un recinto tapiado separado del cementerio, allí se les enterraba. En la novela hay un ejemplo.
¿Cuál era el principal entretenimiento en Arbotes para “el catalán fotut” cuando no estaba haciendo trastadas con los muchachos del pueblo?
Vivir, simplemente eso. Aprender y vivir en aquel entorno tan distinto, natural, puro y distante de la Barcelona de aquellos tiempos.
Háblanos de la vida y los servicios públicos en Arbotes en los años cincuenta: red de alcantarillado, etc. El papel higiénico, ¿era un lujo?
Lo era, para decirlo claro y transparente, diré que lo habitual cuando uno iba al corral o al campo para hacer sus “necesidades mayores”, la limpieza acostumbraba ser una piedra, una lasca lo más lisa posible.

¿Algún personaje favorito, aparte de Joselico, el protagonista?
Todos y cada uno, Germán en particular.
Otra de tus novelas, El negro, el nano, la muerte, trata el tema de la educación sexual en los colegios religiosos y las consecuencias que puede acarrear este, digamos “lavado de cerebro” en un adolescente. ¿Tenías necesidad de ahondar más en la moral imperante en esos años con Aquello que Dios no unió, esta vez desde los ojos de un niño de diez años?
Era necesario hacerlo, porque es la verdad, y porque de lo contrario faltaría a la verdad.
Y, para terminar esta interesante entrevista, te pediremos que nos hables de tus próximos proyectos.
Estoy trabajando en un libro de relatos, uno de los grandes olvidados, y sin embargo de un especial valor: simplicidad, concreción y potencia.
¡Te deseamos mucha suerte!